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Durante la Guerra Civil española, la represión contra los republicanos obligó a las familias al exilio. Muchísimos testimonios, desgarradores y estremecedores, desvelan el camino de la dignidad y de penurias de estos seres humanos en el medio de unas circunstancias históricas singulares.

Comienzan una historia de vida … la historia de vida de una niña de la guerra …

-Entonces, comenzamos por el inicio de todo …

-Nacía el 7 de marzo de 1938, del siglo pasado. Aunque yo siempre digo que yo soy del siglo ante-pasado [s. XIX]. Mi padre se llamaba Cristóbal y mi mama Ignacia Santos. Seguramente la familia de mi madre sería muy religiosa, no lo puedo decir porque yo no los conocí. No conocí a mis abuelos ni familia alguna. Mi mama era de un pueblito de Guadalajara, de familia campesina, de un pueblito de España del siglo –sí se puede decir- antepasado, supongo yo de un pueblito muy religioso. Mi papá era de la Sierra de Madrid, no sé de dónde eran su madre y su padre …

- Naces en Barcelona y en ese momento está la Guerra Civil …

- Sí. Yo tendría, no sé,  siete u ocho meses. Mi papá estaba en la guerra con los Republicanos. Le dieron un permiso cuando yo nací ¿no? para que estuviera con mi mamá unos días. Pero después se tuvo que ir de nuevo. Mi mamá quedó sola en Barcelona conmigo … con todo ese jaleo y, bueno, todas esas penurias. Cuando se vio que la Guerra estaba finalizando, estaban perdiendo los Republicanos, mi mamá no sabía nada de mi papá, o sea, no tenía noticias. Ella pensó –te estoy diciendo todo lo que ella me contaba- que si mi papá estaba con vida, él estaba peleando en Cataluña, primero estuvo por la Sierra de Madrid, pero después fue a Cataluña. Mi mamá pensó que si mi papá seguía con vida, él pasaría –así como estaba pasando muchísima gente- a Francia. Y ella decidió, pues, que también pasaría. En ese momento ella estaba acompañada por una hermana suya y una prima; y las tres, conmigo, fuimos a Francia … a pie, por la montaña. Allí, los franceses, no sé, que habían organizado, es decir, recibían a los exilados, y las mandaron, nos mandaron, al pueblo, a La Gravelle, donde vivimos 10 años. Mi mamá seguía sin saber nada de mi papá: si estaba vivo, si estaba muerto. Vivimos allí 10 años. Cuando llegamos, mamá, mi tía y mi prima fue, se pusieron en contacto con el cura del pueblo y el cura quiso que nos fuéramos a un establo. Mi mamá se negó rotundamente a eso y pidió hablar con el Alcalde, quien finalmente buscó una habitación. Allí estuvieron alojadas unos cuantos meses. Eso te lo cuento porque mi mamá siempre tuvo un odio feroz hacia él; ella nunca aceptó que yo me acercara a la Iglesia del pueblo, ni que fuera a misa, ni nada de eso. Yo a misa no iba pero a veces sí iba con mis amiguitos por la Iglesia. Me acuerdo que en Navidad me gustaba mucho ir con ellos a hacer un nacimiento [belén] en la iglesia.

- Y la segunda guerra mundial te agarra también en Francia ¿no?

- Claro. Después de unos meses, no sé, mi tía y mi prima se regresaron a España y mi mamá quedó sola allí. Mi mamá trabajó como camarera en un hotel, el hotel del pueblo, el único que había. Y mi mamá aprendió a tejer, a tejer suéteres y cosas de esas, medias, bufandas, todas esas cosas que se hacen de lana; y en adelante, en su vida, ella se defendió tejiendo. Mientras tanto salió de la habitación, era un pueblo muy pequeñito, tenía 600 habitantes … Yo volví al pueblo con una emoción ¡espantosa! Y quiero volver … ¡ese pueblito para mi es sagrado! Toda la gente era gente pobre, gente humilde, ¡gente de pueblo! que vivía de sus oficios: uno era herrero, otro era carpintero, el otro era panadero y así. Y los alrededores eran de agricultores. ¡Allí no había gente rica! Gente sencilla, trabajadora y pobre. Pero, sí había una señora (no sé qué tan rica sería) … ella tenía una casa grande en el mismo pueblo y, no sé por qué motivo, ella le dio una partecita de la casa, como un anexo de la casa, que daba a la calle. Un anexo que sería rectangular, como de 10 metros de largo y de ancho 2 metros y medio, casi 4. No sé exactamente. Yo lo veía grande porque yo era una niñita y veía todo grande. Después, cuando volví al pueblo, después de un montón de años, lo encontré mínimo … el espacio donde jugábamos los niños –que yo recordaba grande- era ¡tan pequeño! Entonces, allí estuvo mi mamá. Esa señora –señora de buen corazón- nunca cobró nada, ni alquiler ni nada de eso. Mi mamá se ponía en contacto con las organizaciones que trataban de reunir las familias, unas organizaciones españolas. Mi papá pasó por muchas cosas; estuvo primero en campos de concentración franceses, donde era muy maltratados y muy mal alimentados, sin nada; él contaba que fue horrible … ¡cubiertos de piojos y toda clase de plagas! Él cayó en manos de los alemanes y los alemanes lo pusieron a hacer trabajos forzados y en uno de esos trabajos él tenía que picar piedra, más o menos cerca de donde nosotras vivíamos, más o menos. Y él supo dónde estábamos mi mamá y yo y a los 3 años él apareció, porque se escapó de los alemanes ¡y apareció en el pueblo! Yo por supuesto no lo conocía ¿no? Mi mamá de decía que yo lloré mucho porque había una foto de mi papá y yo decía “ese es mi papá”. Esto fue como a los tres años de terminada la guerra, porque ya estábamos en plena guerra mundial. Mi papá encontró un trabajo en una ciudad a 18 kilómetros del pueblo donde vivíamos, como impresor, pero como impresor, nada. Él fue aprendiendo, él se me metió en lo que fuera, él aprendió carpintería. Después él hizo cosas muy bonitas, muy bonitas, varios muebles, camas, juego de recibo. Él hizo mucho pero no se dedicó a eso. En Venezuela él comenzó de impresor. Bueno, ¡qué te cuento de Francia! Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando terminó la guerra, en América necesitaban inmigración, buscaban gente trabajadora. No sé quién organizaba eso, no sé si la ONU. Nosotros nos vinimos en el 48, no sé cómo pero mi papá se inscribió porque habíamos pasado mucho miseria, había acabado la guerra y las condiciones eran muy, muy duras. Yo era una niña, no me daba cuenta, yo era una  niña felicísima, completamente feliz, no tenía nada pero tampoco necesitaba nada y no era como en los tiempos de ahora. ¡y como todos los niños éramos igualitos …sin tener nada éramos felices y contentos! ¡porque no hace falta tener nada! El viaje podía ser para Argentina, Brasil, México o Venezuela. Mi papá, creo, había dicho Brasil o México, pero le cayó Venezuela, fue casual, no fue que él lo solicitó, nada de eso. Era un viaje pagado por esas organizaciones, tampoco teníamos cómo hacerlo. Hicimos el viaje en un barco que se llamaba “Portugal”, por cierto. Los tres primeros días yo estaba totalmente mareada y el barco hizo escala en Las Azores. Después, me la pasaba para arriba y para abajo en el barco, y me metía en la cocina y los cocineros me regalaban cosas. Llegamos a Venezuela. Llegamos por Puerto Cabello. En ese momento había una revuelta, en el 48, cuando tumban[1] a Gallegos. Imagina la impresión, para mis padres también pero no tanto, para mi: ¡eso tan diferente! Yo venía de esos pueblos con una vegetación verde, bonita y eso tan diferente que yo veía. ¡En mi vida había visto una palmera! Allá donde yo vivía, por supuesto, no había nada de eso. ¡Ver gente de color! Aunque la gente de color yo la había visto cuando desembarcaron los americanos y fue cuando yo vi el primer negro en mi vida. Nunca había visto un negro y me llamaban mucho la atención porque tenían los dientes muy blancos. A todos los niños del pueblo nos llamaba mucho la atención porque ninguno de nosotros había visto un negro nunca. Bueno … ver ¡tanto negro! ¡niños desnudos! ¡yo nunca había visto un niño desnudo! ¡andaban desnudos, descalzos!¡yo jamás había visto eso! ¡eso era impensable en el pueblo! ¡ni en verano, porque nosotros no estábamos cerca de playa! El barco estaba lleno de gente; no sé cuántos, pero el barco estaba lleno, era la época de la mayor inmigración a América. Y nos dejaron en un pueblito que se llama El Trompillo, no sé si es Aragua o Carabobo, cerca de Magdaleno. Nos llevaron a un campamento. ¡Fíjate la impresión! Quizás para mis padres fue terrible porque ellos habían puesto toda su ilusión, mucha esperanza en una nueva vida. Imagínate llegar al Trompillo, en un campamento –del cual no nos dejaban salir, por cierto- con galpones, galpones de zinc, galpones curvos; cuando llegamos, había literas pero solo con su colchoncito, llenos de vidrios rotos. Lo primero que hizo mi mama, que consiguió no sé cómo una esponja y una escoba, barrer todos los vidrios en el suelo. ¡El calor! ¡El calorón! ¡Un sitio tan feo! En esos galpones, sin nada, solo con las literas, sin sábanas, con un solo baño para muchísima gente, había apenas un chorrito de agua y el agua era marrón. El comedor era colectivo también. Por supuesto que las comidas me resultaban extrañas, raras. Por ejemplo, parece mentira pero yo no conocía el arroz y nos daban mucho arroz. Y yo la primera vez que vi el arroz … y aunque había leído algunas cosas, me pareció que ran como gusanitos (risas) y yo me negué a comerlo. ¡Claro que mi mamá y mi papá si lo conocían de toda la cocina de acá, de España! Allí estuvimos unos quince días.  La primera impresión fue, realmente, terrible, tanto para ellos como para mí, desde otro punto de vista. Siempre otro punto de vista. El mío era el de una  niña muy inocente, salida del pueblo, que lloraba a mares porque dejaba el pueblo, dejaba a mis amigos. Y fijate que yo todavía conservo el sentimiento de pueblo, del pueblito. A los quince días nos montaron en un autobús y fuimos a parar a Caracas; también me acuerdo que llegamos por Puente Hierro y el Paraíso. Y nos llevaron a una casa que, supuestamente … era una casa grande ¿no? que seguramente perteneció a alguien adinerado, porque era una casa grande, que tenía bastante terreno alrededor, pero que estaba muy descuidada y que la habían usado para alquilar habitaciones: dividían las habitaciones con cartón piedra y no sé qué. Allí fuimos a parar porque, claro, mi papá y mi mamá se vinieron con 100 dólares, que se los dio un primo (porque antes de coger el barco, estuvimos una semana en París, esperando la orden de bajar a coger el barco ¿no?). Nunca habían tenido contacto, pero, no sé, mi papá a veces lo veía. Este señor le dio a mi papá 100 dólares y quizás él tendría algunos ahorritos, alguna cosita. Este hotel, ¡bueno! ¡vamos a llamarlo hotel!, estuvimos una semana, porque mi papá inmediatamente salió a buscar trabajo y a la semana consiguió trabajo como impresor.


[1] Derrocan

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